Lo que Conrad no pude ver es una alternativa a esta tautología cruel

Gustavo Ogarrio

Joseph Conrad (1857, Ucrania-1924, Reino Unido) es todavía un enigma cuya narrativa recorre los mares y puertos latinoamericanos. Su figura y sus historias vuelven cuando nos enfrentamos al dilema, a la amenaza y a la agresión de la barbarie imperialista. Pero vuelven con todo el poder evocativo de su ambigüedad. Conrad es, al mismo tiempo, como señala Edward W. Said, antiimperialista e imperialista, lo cual no constituye una paradoja y más bien ilustra significativamente las contradicciones profundas de ese sistema de dominación que llamamos “imperialismo”, la base material e ideológica de las relaciones de agresión y violencia que van de las potencias clásicas y/o emergentes hacia los países, naciones y pueblos sometidos y saqueados por el colonialismo moderno. En su novela “Nostromo” (1904), Conrad describe y presenta la estrategia colonial a través de la historia de un capataz italiano de nombre Nostromo, que intenta rescatar un cargamento de plata en el puerto de Suliaco, perteneciente a una ficticia república latinoamericana llamada Costaguana. La ambición por la plata del supuestamente incorruptible Nostromo lo arrastra a los conflictos propios del imperialismo: la soberbia conquistadora que construye una idea de omnipotencia de sí mismo; una retórica de poder que se vuelve absolutamente insensible a los efectos aciagos y crueles para las sociedades colonizadas; la ironía trágica que envuelve a la empresa colonial y que la lleva a su propia aniquilación. Sin embargo, para Said, Conrad conserva un punto de vista colonial al ver solamente “un mundo totalmente dominado por al Atlántico occidental, dentro del cual cualquier oposición a Occidente únicamente sirve para confirmar el poder perverso del propio Occidente. Lo que Conrad no pude ver es una alternativa a esta tautología cruel”.