Alfredo Soria/ACG – Morelia, Michoacán
Detrás de una puerta discreta, en una calle del Centro Histórico donde el tránsito cotidiano apenas se detiene, se resguarda una de las tradiciones navideñas más antiguas y constantes de la ciudad. En el Convento de las Madres Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento, ubicado en Fray Antonio de Lisboa 51, un nacimiento con más de 70 años de historia vuelve a colocarse cada diciembre como una invitación abierta al público a mirar la Navidad desde el silencio, la contemplación y la fe.
Desde el 16 de diciembre y hasta el 20 de enero, en un horarios de 9 a 12:30 horas y de 16 a 19 horas, este nacimiento se convierte en un recorrido visual que va más allá de la escena central del pesebre. Más de un centenar de figuras —cuyo número varía año con año— recrean pasajes bíblicos y escenas de la vida diaria que rodean el nacimiento de Jesús. Aunque la disposición cambia, el centro permanece intacto: el misterio del nacimiento del Niño Dios, alrededor del cual se articula todo el paisaje.
La hermana Juliana Reyes Alto, religiosa del monasterio explica que esta tradición se ha mantenido viva gracias a una convicción profunda. “Nos centramos siempre en el misterio del nacimiento del Niño Jesús. A partir de ahí se construyen los demás escenarios”, señala. Entre ellos destacan el anuncio del ángel a los pastores, la adoración de los Reyes Magos, el desierto por el que avanzan, Belén, Jerusalén y otros pueblos, además de una pequeña cascada.
Uno de los rasgos que distingue a este nacimiento es la incorporación de escenas cotidianas: personas lavando, comerciando en el mercado, cuidando animales. La intención, explica la hermana Juliana, es mostrar que Dios nace en medio de la vida diaria, entre las actividades comunes, tal como ocurrió en el relato bíblico. “Así como los pastores cuidaban sus ovejas y la gente compraba y vendía, en medio de todo eso Dios nace”, afirma.
El origen de esta tradición se remonta a más de siete décadas atrás, cuando Monseñor Salvador Martín de Silva, hermano de la entonces superiora del monasterio, la madre Carmen Martín de Silva, viajó a España y trajo desde Barcelona las primeras figuras del nacimiento. Inspirado por la costumbre de los belenes en ese país, impulsó la idea de compartir con los fieles una representación que ayudara a recordar el verdadero sentido de la Navidad.
Desde entonces, el nacimiento ha sido montado año con año, con ligeras variaciones en su disposición. Colocarlo requiere aproximadamente un mes de trabajo, realizado en ratos libres y en armonía con la vida contemplativa del convento. Para retirarlo, en cambio, bastan uno o dos días, gracias a la participación de varias religiosas.
Para las Madres Adoratrices, este nacimiento no es un adorno ni una actividad secundaria forma parte de su misión espiritual. Como comunidad contemplativa, no realizan misiones al exterior, pero encuentran en esta tradición una forma de evangelización silenciosa. “Es nuestra pequeña misión, que en realidad es grande: recordar a los fieles el amor que Dios ha tenido por la humanidad al darnos a su propio Hijo”, explica la hermana Juliana.
El carisma de la congregación está centrado en la adoración perpetua al Santísimo Sacramento, y desde ahí también se comprende el sentido del nacimiento. La encarnación de Jesús, señala la religiosa, se prolonga en la Eucaristía, donde las hermanas dedican su vida a la oración constante, incluyendo las intenciones que las personas les confían.
A lo largo de los años, el nacimiento del Convento de las Madres Adoratrices se ha convertido en un punto de referencia para quienes buscan un espacio de recogimiento durante la temporada decembrina. Visitantes de distintas edades coinciden en que el recorrido invita a la reflexión y ofrece un momento de pausa en medio del ritmo acelerado de la ciudad.
Además del mensaje central de la Navidad, las religiosas aprovechan este espacio para elevar una oración por la paz del mundo, en especial por los lugares santos que hoy viven las consecuencias de la guerra. “Sabemos que hay hermanos que no pueden vivir su fe con libertad, como nosotros podemos hacerlo aquí”, expresa la hermana Juliana.
Así, con más de siete décadas de historia, este nacimiento permanece como una tradición viva dentro del Centro Histórico de Morelia. En silencio y sin estridencias, continúa abriendo sus puertas cada año para recordar, desde la clausura, el corazón de la Navidad.